Uno dice silla o ventana o reloj, palabras que designan meros objetos, y, sin embargo,
de pronto transmitimos algo misterioso e indefinible, algo que es como una clave, como un mensaje inefable de una profunda región de nuestro ser.
Decimos silla pero no queremos decir silla, y nos entienden. O por lo menos
nos entienden aquellos a quienes está secretamente destinado el mensaje (en realidad sólo ellos lo hacen).