Pasaron varios meses, hasta que en un día de aquel otoño se produjo el segundo encuentro decisivo. Yo estaba en plena investigación, pero mi trabajo estaba retrasado por una inexplicable abulia, que ahora pienso era seguramente una forma falaz del pavor a lo desconocido.
Déjame sola: oyes romper los brotes. Te acuna un pie celeste desde arriba y un pájaro te traza compases para que olvides. Gracias... Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido.