Todos estos pensamientos, por completo inútiles ya, se agitaban en su cabeza mientras él, pegado a la puerta, oía lo que se decía al lado. A veces el cansancio le impedía prestar atención, y dejaba caer con pesar la cabeza contra la puerta. Pero pronto volvía a erguirla, pues incluso el levísimo ruido que ese gesto suyo originaba era oído en la habitación de al lado, haciendo enmudecer a todos.