mardi 10 janvier 2012
Los sueños eran caóticos; poco después,
fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un
anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos
taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos
siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El
hombre les dictaba lecciones de anatomía, cosmografía, de magia: los rostros
escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si
anduviera la importancia de aquel exámen, que redimiría a uno de ellos de su
condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en
el sueño y en la vigilia, considera las respuestas de sus fantasmas, no se
dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una
inteligencia creciente. Buscaba en un alma que mereciera participar en el
universo.