Depende de tan poco, el malhumor de una tarde, la
angustia de lo que puede ocurrir si empezamos a mirarnos en los ojos. Poco a
poco, al azar de un diálogo que es como un trapo en jirones, empezamos a
acordarnos. Dos mundos distantes, ajenos, casi siempre inconciliables,
entran en nuestras palabras, y como de común acuerdo nace la burla.
Suelo empezar yo, acordándome con desprecio de mi antiguo culto ciego a los
amigos, de lealtades mal entendidas y peor pagadas, de estandartes llevados con
una humilde obstinación a las ferias políticas, a las palestras intelectuales, a
los amores fervorosos. Me río de una honradez sospechosa qe tantas veces sirvió
para la desgracia propia o ajena, mientras por debajo las traiciones y las
deshonestidades tejían sus telas de araña sin que pudiera impedirlo, simplemente
consintiendo que otros, delante de mí, fueran traidores o deshonestos sin que yo
hiciera nada por impedirlo, doblemente culpable.
