Sus ojos brillaron como hojas húmedas; tenía los
brazos cruzados y, a la trémula luz de la vela consumida, unas pálidas hebras
peinadas hacia la izquierda relumbraron de un modo inquietante. -Sé que también
sufres- fulguró nuevamente su voz-, pero tu sufrimiento, comparado con el mío, mi
tempestuoso, turbio sufrimiento, es sólo la respiración pausada del que duerme.
Piénsalo: no queda nadie de nuestra tribu en Rus. Algunos nos alejamos como
jirones de niebla, otros se dispersaron por el mundo. Nuestros ríos son
melancolía, ninguna mano intranquila esparce los rayos de la luna. Quietas están
las huérfanas campánulas que por azar permanecen intactas, el gusli de un
deslavado azul que alguna vez mi rival, el Duende de los Campos, empleó en sus
canciones. Bañado en lágrimas, el tosco y afable espíritu doméstico ha
abandonado tu hogar en deshonra, humillado, y se han marchitado los bosques, su
patética luz, su mágica sombra.
