Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición
en que volvía a reconocerse,
pero en cambio el olor a humedad, a piedra
rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a
comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo
envolvía una oscuridad absoluta.
Quiso enderezarse y sintió las sogas en las
muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas
helado y húmedo.
El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas.
Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se
lo habían arrancado.