mercredi 25 avril 2012
Contó que en un autobús de la
línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo
descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al
recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se
le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los
ojos muy separados, y más en la timidez, la forma en que se refugiaba en una
revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza
irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le
dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó
también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un
pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin
sorpresa una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle,
caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de
revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía
prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se
pretendía—como ahora—explicarlo.