
Quizá por todo eso, desde hacía varios meses (desde
una tarde en la que se había despertado luego de una breve siesta,
lloroso y
aterrado porque en su sueño un agresivamente más joven señor Serrano le había
gritado que era un pobre tipo),
sólo pensaba en hacer algo grande algún día.
Soñaba con cambiar su destino, si lo tenía, si acaso el destino se había ocupado
de él. Y lentamente fue decidiendo que llegaría el momento de probarse que no
era un pusilánime,
que su vida sólo había sido un reiterado desencuentro
con las oportunidades de hacer algo grande.
Entonces dejaría
boquiabierto a más de uno, saldría en los diarios, sería famoso y
discutido.