Cuando alguien acaba de venir de afuera, con el viento
entre la ropa y el frío en el rostro, querría esconder la cabeza debajo de las
sábanas para no pensar en el momento en que nos sea dado volver a oler el aire
puro. Pero como no me está permitido esconder la cabeza debajo de las sábanas,
sino que, al contrario, debo mantenerla firme y erguida, mis pensamientos me
vuelven a la cabeza una y otra vez, innumerables veces.
Créeme, cuando llevas un año y medio encerrada, hay
días en que ya no puedes más. Entonces ya no cuentan la justicia ni la gratitud;
los sentimientos no se dejan ahuyentar. Montar en bicicleta, bailar, silbar,
mirar el mundo, sentirme joven, saber que soy libre, eso es lo que anhelo, y sin
embargo no puedo dejar que se me note, porque imagínate que todos empezáramos a
lamentarnos o pusiéramos caras largas… ¿a dónde iríamos a parar?