Cuando siento que voy a vomitar un conejito me
pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la
garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo
es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la
boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito
parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño
como un conejillo de chocolate, pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo
en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el
conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi
piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un
conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando
esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en
la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito
alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del
hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no
distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
