Tengo vergüenza de mi boca triste
de mi voz rota y mis rodillas
rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé
desnuda.
Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz la
alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la
mirada.
Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el
llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
y en la tremolación que hay
en mi mano...
