El propósito que la guiaba no era imposible aunque
sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad
minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el
espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o
cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía
el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la
cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus
necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente
para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y
soñar.
