"Me vuelvo loco", pensaba, aturdido, sujetándome la
cabeza. "¡Dios mío! ¿Cómo remediarlo?". Sentía vértigos. Las piernas se me doblaban; llovía a
cántaros; estaba calado hasta los huesos, sin gorra y sin abrigo. Imposible
volver a buscarlos; estaba seguro de que todo aquello era una alucinación. Y,
sin embargo, el terror me aprisionaba, tenía la cara inundada de sudor frío, los
pelos de punta.