Pero llorar hay que llorar de blanco, si no queda todo manchado. Vas juntando llantos blancos, los vas acumulando, y cuando ya tenés los bolsillos repletos y la cara bien hinchada: ahí gritás, recién ahí.
Porque para llorar hay que llorar de blanco, porque la otra noche lo imaginé así, cada llanto era una cortina blanca, y amanecí llena de cortinas blancas. Desperté empapada en color blanco, por abajo y por arriba, las cortinas me guardaban. Una enorme me contenía, había sido el último llanto.
Imaginé que entre sí estaban atadas, y que eran tan blancas que dañaban la vista. Cometí el error de llorar en otro color, y manché todas las sábanas y las cortinas.
Llorar hay que llorar de blanco, y empezar de cero despierta algo blanco también.